Qué significa ser intolerante a un alimento

Significa que nuestro metabolismo reacciona adversamente cuando ingerimos ese alimento, sin participación del sistema inmunológico (excepto en el caso de la intolerancia al gluten, en la que sí interviene el sistema inmune). Puede ser algo que nos ocurre desde nuestro nacimiento, o puede ser adquirido con los años.

Las intolerancias pueden no presentar síntomas evidentes, así que la persona no percibe nada hasta que un día se manifiesta con malestar, diarrea, sarpullidos, vómitos, dolores, inflamaciones,  etc. La dificultad radica en relacionar el síntoma físico con algo que ingerimos varias horas antes o de manera regular. La  identificación del alimento es aún más complicada porque, a diferencia de las alergias, se pueden consumir pequeñas cantidades sin que den síntomas. Muchas veces somos intolerantes a alimentos considerados saludables. Así pues, seguimos incluyéndolo en la dieta y es cuando sentimos  que nuestra salud se deteriora, que tenemos múltiples achaques aparentemente no conectados entre sí.

El cuerpo no tolera un alimento porque es percibido como algo agresivo o tóxico, es decir, algo que nos daña. Lo importante es saber que no siempre los trastornos producidos van a ser gastrointestinales, pueden manifestarse en cualquier parte o función del cuerpo.

¿Cómo saber si un alimento nos daña?

Cuando la observación de los síntomas no es suficiente para detectarlo, podemos utilizar un glucómetro (medidor de la glucosa en sangre). Cuando ingerimos un alimento dañino, dos horas después nuestro nivel de glucosa en sangre continúa anormalmente alto. Eso nos indica claramente una alteración metabólica.

 

Más información:
Alicante. El Elixir de Hebe ( 966 084 615)
Madrid. Clínica Retiro Salud ( 687 671 672)

 

AVISO LEGAL y DESCARGO DE RESPONSABILIDAD. El contenido de este artículo y de todos los publicados en esta web reflejan únicamente la opinión de la autora, siendo su finalidad informar y educar en estilos de vida saludables. No están destinados a proporcionar consejo médico ni a sustituir ningún tratamiento médico. La autora no asume la responsabilidad de posibles consecuencias para la salud de cualquier persona o personas que lean o sigan la información publicada en esta web. Todos los lectores, especialmente aquellos que toman medicamentos, deben consultar a su médico.

Hipertensión, no es lo que parece

Solemos pensar en la hipertensión como algo propio de personas con sobrepeso, que comen mal o beben demasiado. En realidad también se da en personas con un peso normal, que hacen ejercicio y comen “equilibradamente”. Como esto suele ocurrir pasados los 45-50 años, caemos en la trampa de pensar que es algo casi inevitable, el precio de envejecer. De este modo, nos convertimos en hipertensos crónicos altamente controlados  y medicados, cuando en realidad suele tratarse de un síntoma.

¿Qué es la presión arterial?

Gracias al sistema cardiovascular la sangre llega hasta la última célula de nuestro organismo. Como todo en el cuerpo, es un sistema flexible. Cuando el corazón bombea, el sistema se expande para facilitar el paso de la sangre. Si el corazón bombea y el sistema está rígido u obstruido (es decir, las arterias no ceden lo suficiente) la presión arterial aumenta.

¿Por qué no cede? Porque la arteria ha dejado de ser flexible. Esto ocurre porque está inflamada. Entonces llega el calcio y se une a la inflamación. Ya tenemos el vaso inflamado y calcificado, provocando un estrechamiento que hace que el colesterol circulante en sangre se quede pegado, complicando el cuadro.

¿Por qué se inflama y calcifica? Básicamente, por un agente dañino: el exceso de glucosa en sangre.

Sabemos con certeza que el exceso de glucosa en sangre daña poco a poco las paredes arteriales. La inflamación es un mecanismo inmunitario innato para aislar y destruir al agente agresor. La calcificación es otro mecanismo de protección: como los tejidos alterados tienen el pH disminuido (es decir, se acidifican) el cuerpo responde depositando sales de calcio para neutralizar la acidez (es decir, alcalinizando). Si el agente dañino (en este caso la glucosa, que es altamente acidificante) persiste en el tiempo, la inflamación continúa y la calcificación se endurece, estrechando los vasos y dificultando el flujo sanguíneo.

A esto hay que añadir que cuando el mecanismo glucosa-insulina está alterado, el exceso de insulina acaba afectando al riñón, que responde reteniendo más sal. Así, se pone en marcha otro sistema paralelo de elevación de la presión arterial.

Pasan años desde que el equilibrio glucosa-insulina se altera hasta que se detecta un exceso patológico de glucosa en sangre. Cuando finalmente se diagnostica, estamos ya en un cuadro de pre-diabetes o diabetes, mucho más difícil de recuperar y que normalmente requiere tratamiento farmacológico de por vida.

Resumiendo: un exceso continuado de glucosa (es decir, una resistencia a la insulina, que rara vez se diagnostica médicamente) está con mucha frecuencia detrás de la hipertensión rebelde en personas sanas que “se cuidan”. Es por ello que no responde a ningún tratamiento, porque es inútil tratar el síntoma sin abordar la causa que lo provoca.

Así pues, el colesterol  no es la causa del aumento de la presión arterial. Las grasas se añaden al problema que está en las paredes arteriales, que han perdido su flexibilidad y están endurecidas. Esto no será diagnosticado hasta que se produzca un colapso o un daño grave que pueda verse en las pruebas médicas, lo cual reafirma la idea de que la hipertensión y el colesterol son causa de infartos y otras condiciones similares.

Pero nosotros ya sabemos que esto no siempre es así.  El cuerpo, a través de la presión arterial, nos está avisando de desequilibrios metabólicos y no cardiovasculares.

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Qué pasa con el azúcar

Cada día se escucha con más fuerza lo nocivo que es el azúcar para la salud, cuando hace sólo unos años nos decían que era imprescindible para el buen funcionamiento cerebral… ¿qué está pasando?

Pues bien, el problema fundamental con el azúcar es que está en todas partes y lo ingerimos a todas horas. Aún aquellas personas que dicen “no tomar azúcar”, si consumen productos procedentes de la industria alimentaria, o comen fuera de casa, están ingiriendo azúcar (y  mucho) sin saberlo.

Todos los ingredientes terminados en –osa (sacarosa, dextrosa, maltosa, fructosa…), así como todo lo etiquetado como jarabe, jugo, melaza, sirope, caramelo, almidón, fécula, dextrina, maltodextrina, etc., son azúcar. Por si fuera poco, estos azúcares industriales son mucho peores para nuestros cuerpos que el azúcar blanco, porque se absorben muy rápidamente, disparando el nivel de glucosa en sangre. En realidad, tiene sentido: cuanto más nos alejamos del estado original de los alimentos, más atentamos contra nuestra naturaleza.

Os invito a revisar las etiquetas. El orden de los ingredientes sigue el criterio de mayor a menor cantidad. Por ejemplo, los ingredientes de un tomate frito que se anuncia como “sin gluten, sin aditivos, con aceite de oliva virgen extra” son: tomate, aceite de oliva virgen extra (5,1%), azúcar y sal. Eso quiere decir que puede tener un 5% de azúcar o menos. Si hacemos cuentas, veremos que un bote de 500 gramos puede tener 25 gramos de azúcar, unos 6 terrones. Esta cantidad supera con creces lo que sería razonable para corregir la acidez del tomate.

Podéis comprobar que el azúcar (con este nombre o con otro) está en todo tipo de alimentos, y no sólo en los dulces. Por ejemplo, los gambones congelados crudos de una conocida marca, llevan azúcar en su composición. En concreto, sacarosa.

Nuestro cuerpo no está preparado para esto. Estamos sometidos a un constante goteo de azúcares en nuestra sangre –del que no somos conscientes- que altera las reacciones químicas del metabolismo celular, afectando así a todos los tejidos y órganos.

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¿Engorda el estrés?

Generalizando, podemos afirmar que el estrés altera nuestro sistema endocrino y, consecuentemente, puede provocar que la persona engorde. El proceso que se desata en el cuerpo ante un suceso estresante es el siguiente:

Impacto emocional:
Imaginemos que en nuestra vida tenemos alguna circunstancia – mantenida en el tiempo o inesperada- que nos causa una fuerte y negativa emoción, un choque emocional que nos hace daño (consciente o inconsciente).

Impacto hormonal:
El cortisol  es una hormona segregada por las glándulas suprarrenales como respuesta al estrés. Entre otras cosas, obliga al hígado a liberar glucosa en sangre (es decir, azúcar) para manejar una situación que el cuerpo interpreta como peligrosa. Si el aumento de glucosa por la acción del cortisol se produce de vez en cuando, no hay problema. Pero cuando los niveles de glucosa se mantienen generalmente altos, con picos, la grasa empieza a acumularse (principalmente en el abdomen) y el sistema inmunológico se resiente.

Hay otra hormona que también se vierte a la sangre en respuesta al estrés: la adrenalina. No importa si el peligro es real o imaginario; la adrenalina aumenta el ritmo cardíaco, contrae los vasos sanguíneos (subiendo así la presión arterial) y aumenta la capacidad pulmonar para preparar al cuerpo para luchar o huir.

Por si lo anterior no fuera suficiente, la adrenalina sube el nivel de cortisol para que el hígado ponga a disposición de los músculos sus reservas de glucosa, creándose una retroalimentación que sólo se rompe volviendo a un estado de calma y serenidad.

Pero ¿qué pasa cuando el factor estresante continúa, como cuando no soportamos las circunstancias de la vida o quedamos permanentemente enganchados a algo doloroso que nos sucedió? Pues que nuestro sistema hormonal está en desequilibrio constante.

Del mismo modo que cada persona es diferente y nuestra reacción ante circunstancias similares varía, cada cuerpo gestiona el estrés a su manera. Lo que sí podemos afirmar es que siempre se va a producir algún tipo de desequilibrio físico, nos demos cuenta o no. Por eso, es importante aprender a gestionar el conflicto y las emociones de un modo más armonioso. Te invito a recorrer el camino de ser más amable contigo mism@. Como decía Buda: el dolor es inevitable, el sufrimiento es opcional. Tu cuerpo te lo agradecerá.

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Un vistazo al fascinante sistema hormonal

Todos (sobre todo las mujeres) hablamos de las hormonas sin saber realmente de dónde vienen ni qué hacen. Solemos identificar el sistema hormonal (también llamado sistema endocrino) con las glándulas sexuales. Pero resulta que es mucho más que eso. Es una red de glándulas repartidas por todo el cuerpo que regulan funciones muy importantes, tales como la temperatura corporal, el metabolismo, el crecimiento o el desarrollo sexual.

Una glándula es un conjunto de células cuya función es sintetizar sustancias químicas (como las hormonas) para liberarlas después. Las glándulas endocrinas vierten al torrente sanguíneo numerosas hormonas vitales para nuestra supervivencia. Son los mensajeros químicos que se ocupan del sistema de comunicación para que cada célula del cuerpo pueda enviar y recibir  información e instrucciones, y actuar conforme a ellas. Las hormonas son unos mensajeros imprescindibles y obran milagros en la capacidad de respuesta y de adaptación que caracteriza al ser humano.

Las glándulas endocrinas son varias: la epífisis o glándula pineal, la pituitaria-hipotálamo (o hipófisis), la tiroides y paratiroides, el timo, las suprarrenales, el páncreas y las gónadas (ovarios y testículos).

El desequilibrio de cualquiera de las glándulas endocrinas afecta al resto, porque están íntimamente relacionadas. Es lo que se llama “eje”, es decir, alrededor de lo que todo gira. Pongamos como ejemplo el llamado eje hipotalámico-hipofisiario- adrenal, que controla la respuesta al estrés, regula la digestión, el sistema inmunológico, las emociones, la conducta sexual y el metabolismo energético. No está mal para cuatro glandulitas que juntas no ocupan el tamaño de una pera, ¿verdad?

Las hormonas secretadas por el resto de glándulas regulan otras muchas funciones. Por si esto fuera poco, aparte de las glándulas endocrinas que hemos mencionado existen otros órganos con una función endocrina secundaria, como el riñón, el hígado y el corazón. De este modo, el conjunto del sistema hormonal regula -por mencionar algunos- el estado de ánimo, el desarrollo y funciones de muchos tejidos, la coordinación de los procesos metabólicos, el nivel de glucosa en sangre, la cantidad de glóbulos rojos que tenemos, el equilibrio hídrico y la concentración de sales en la sangre…. Una vez sabemos esto, resulta difícil seguir viendo las hormonas con los mismos ojos, ¿estáis de acuerdo?

 
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La piel, los cosméticos y sus mentiras

En esta ocasión os presento un extracto de las declaraciones de la dermatóloga Yael Adler, sacadas de su libro Cuestión de piel .

Afirma que la piel transmite hacia el interior y el exterior, formando una red que conecta con nuestros órganos, el sistema nervioso y la psique. Es decir, es un órgano de comunicación con el entorno y con nuestras emociones.

La industria cosmética nos engaña fomentando mitos y mentiras. Nos dice que cuantos más productos usemos mejor estará la piel. En realidad, es lo contrario: cuando nos excedemos en cuidados, cremas, limpiezas y productos, le estamos quitando la capa protectora y su natural barrera de protección.

Ningún producto fabricado iguala en calidad a lo que nuestra piel genera naturalmente.

La gente tiene miedo a envejecer. Así que la industria cosmética explota nuestro afán de mantenernos jóvenes, para así esconder ese miedo a un final inamovible. Nadie es joven para siempre, hay que aceptarlo.

Cada vez hay más casos de dismorfofobia o miedo a sentirse y ser feo. Estamos demasiado obsesionados con nuestra imagen. Las redes sociales ayudan a fomentar una realidad distorsionada y a mentir sobre nuestro verdadero aspecto físico.

Ninguna crema para la celulitis funciona. Es una gran mentira. Las mujeres tienen celulitis debido a los estrógenos y la forma de las fibras de la piel. Los hombres tienen una forma diferente, por eso aunque tengan grasa no sale hacia afuera. Si no tienes celulitis ni estrías no eres mujer. Esos cuerpos perfectos sólo existen con la ayuda del Photoshop.

Todos deberíamos lavarnos sólo con agua. Suena raro y puede parecer incluso sucio, pero los jabones suelen tener un pH muy agresivo para la piel. Exceptuando las zonas íntimas, axilas y pies, nuestro cuerpo sólo necesita agua para estar limpio, sano y sin bacterias. Lo contrario resulta contraproducente.

Fuente:  http://www.elmundo.es/papel/lideres/2017/08/28/59a3fd80e2704ef1158b4676.html?cid=ADSEM2710101

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Intestino permeable, qué lo causa

Podemos agrupar sus causas en cuatro grandes grupos: dieta, estrés crónico, sobrecarga de toxinas y disbiosis (desequilibrio bacteriano intestinal).

Empecemos por la dieta. Los componentes más comunes de los alimentos que pueden dañar el revestimiento intestinal son las proteínas que se encuentran en los cereales (sobre todo el gluten), el azúcar, los OMG (organismos modificados genéticamente), la leche y los productos lácteos (no así el yogur). Los cereales contienen grandes cantidades de bloqueadores de nutrientes llamados fitatos y lectinas. Las lectinas son proteínas que actúan como un sistema de defensa natural para las plantas que los protegen de invasores externos como el moho y los parásitos. Esto está muy bien para las plantas, pero no tanto para nosotros. Las lectinas gravitan hacia el revestimiento, adhiriéndose a él y causando inflamación. El problema reside en la cantidad de lectinas que ingerimos. Si es moderada, nuestro cuerpo lo maneja perfectamente.

Los brotes y fermentados reducen la cantidad de fitatos y lectinas, haciéndolos más fáciles de digerir. Los OMG y los híbridos no transgénicos modificados para resistir plagas suelen tener la cantidad más alta de lectinas (principalmente, el trigo).

La leche de vaca contiene caseína, una proteína que también puede dañar el intestino. Además, el proceso de pasteurización destruye enzimas importantes para la digestión de azúcares como la lactosa.

El azúcar blanco es otra sustancia que causa estragos en el sistema digestivo. El azúcar alimenta el crecimiento de hongos y bacterias dañinos.

Estrés crónico: debilita el sistema inmunológico, con lo que hongos, bacterias y virus ganan terreno, dañando el intestino.

Toxinas: pesticidas, compuestos presentes en el agua corriente (cloro, fluoruro, etc.), medicamentos (aspirina, antibióticos, AINEs, anticonceptivos y otras terapias hormonales, etc.), empastes dentales, químicos presentes en productos cosméticos, etc.

Disbiosis es el desequilibrio entre especies benéficas y dañinas de bacterias en el intestino. Para muchos, este desequilibrio puede comenzar al nacer debido a una cesárea o porque la madre no tenía un intestino sano ella misma. El uso excesivo de antibióticos, el cloro y fluoruro del agua y la falta de alimentos ricos en probióticos contribuyen definitivamente a este desequilibrio.

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